El trabajo de fin de curso

La otra tarde me encontré con un antiguo compañero de seminario y, como suele pasar en estos casos, acabamos hablando de aquellos tiempos y de las vivencias comunes. Me recordó algo que le sucedió a él y que yo tenía casi olvidado:
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En el estudio de la teología, como en cualquier estudio universitario, existen asignaturas de las llamadas “marías”, que en la mayoría de los casos su etiquetado como tales tiene más que ver con la falta de capacidad del profesor que con el interés del contenido.
También nosotros teníamos nuestras “marías”, especialmente una en la que el profesor conseguía que en su clase hiciésemos de todo menos perder el tiempo escuchándole leer su manual (debo confesar que yo llegué a leerme en su aula el libro entero “Lettres de mon moulin”-Cartas desde mi molino- de Alphonse Daudet, en su francés original).
Los compañeros que habían pasado otros años por esa asignatura nos avisaron ya el primer día de que a final de curso bastaría con presentar un trabajo sobre la materia para aprobar, así había sido durante años y años y nada hacía prever que esta vez fuera a ser diferente.
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El curso pasó rápidamente y para cuando nos dimos cuenta faltaba sólo una semana escasa para presentar el trabajo. Todos los alumnos tuvimos que bucear en la biblioteca (entonces todavía no teníamos Internet) esperando encontrar un artículo en alguna revista de teología que nos permitiera salir del paso.
El antiguo compañero que me recordó esta anécdota iba un poco retrasado con otras asignaturas así que dejó lo de la “recopilación de información” para última hora. Como consecuencia, ya habíamos cogido casi todos los temas a tratar, especialmente aquellos sobre los que era más fácil encontrar material.
Él no perdió el tiempo revisando artículos recientes, estarían ya todos “utilizados”, y directamente se subió a la escalera móvil para consultar las revistas más antiguas. Precisamente al sacar algunas para revisar sus contenidos se dio cuenta de que detrás había algo que impedía colocarlas bien. Era uno de los primeros números de la revista “Concilium” y todo parecía indicar que llevaba allí bastante tiempo fuera del acceso de todo el que visitase la biblioteca. En la portada informaba de los principales artículos que contenía, y uno de ellos era exactamente lo que él andaba buscando.
Sin siquiera abrir el ejemplar, lo llevó a su habitación dispuesto a transferir literalmente su contenido a los folios en blanco que tenía ya junto a su máquina de escribir. Todavía recuerdo su cara (estaba yo con él) cuando al abrir la revista por la página indicada pudimos leer, escrito con lapicero sobre el título del artículo:
“Este trabajo ya lo ha leído don Felipe”.
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¡La paz contigo!

1 comentario:

Anónimo dijo...

Verdaderamente es una anécdota deliciosa, de ésas que hemos vivido todos los que hemos pisado los pasillos de alguna Facultad.