Mala fama (I)

Hace unos años, a los pocos días de incorporarme a un nuevo destino, se acercó al despacho parroquial una pareja para comunicarme su deseo de contraer matrimonio. Ya habían concretado con el anterior párroco la fecha de la boda, pero prefirieron decírmelo en persona también a mí, para asegurarse de que no había ningún problema. Además, creyeron oportuno puntualizar lo siguiente: «Ya sabemos que no le gusta “hacer bodas” y que le ponen de muy mal genio, pero como no conocemos a ningún cura y usted es el nuevo párroco, hemos pensado… “que no nos importa que nos case usted”.»
Después de darles las gracias “por el detalle”, les pregunté de dónde se habían sacado eso de “mi mal genio en las bodas”. Ellos fueron sinceros: «Es que ya nos hemos enterado de que este verano echó de la iglesia a todos invitados en una boda.»
Me costó entender a qué se referían, pero enseguida recordé un hecho que se acercaba un poco a lo que me acababan de contar, y para que no hubiera malentendidos decidí contarles la historia tal como había sucedido de verdad:
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Antes de ser destinado a aquel pueblo, había estado trabajando como vicario parroquial durante siete meses en una ciudad a unos 40 kms. de distancia. Aquella parroquia tiene el templo más grande de la diócesis (más grande incluso que la catedral): es un edificio de los siglos XVI y XVII, declarado Monumento Nacional, muy interesante tanto arquitectónica como artísticamente, pero tremendamente frío y húmedo, y las fuertes corrientes de aire no contribuyen a hacerlo más cómodo.
Aquel sábado de verano me encontraba sólo en la parroquia. El párroco había tenido que ausentarse dejándome encargado de una boda, prevista para las 12 y media, y un funeral “de cuerpo presente”, que debía celebrarse a las 4 de la tarde.
Por mi tierra se está convirtiendo en tradición el que la novia llegue “tarde” y se le tenga que esperar, así que, por si acaso, les hice llegar el aviso de que fueran puntuales, pues me veía solo para cerrar después el templo, recoger todo lo de la boda, preparar lo necesario para celebrar el funeral, abrir de nuevo el templo al menos media hora antes de que llegase el cadáver y, además de todo aquello, sacar tiempo para comer.
Me extraño ver que, a pesar de mi advertencia, a la hora fijada para empezar la ceremonia ni siquiera había aparecido el novio. Ya revestido, me dirigí al altar para esperar allí a los contrayentes y poder comenzar en cuanto llegasen, pero pasaban los minutos y no aparecían. Los invitados también empezaban a ponerse nerviosos y resonaba un murmullo general por todo el templo.
Entonces, alguien se acercó para comunicarme que el novio y su familia habían tenido “un percance”, se encontraban en la carretera (venían en su propio coche de una población a más de cien kilómetros de distancia) y tardarían, al menos, una hora en llegar. Pregunté si había pasado algo grave y me aseguraron que no había ningún problema serio, pero que no podrían llegar antes de la 1 y media, cosa que inmediatamente comuniqué a todos los invitados a través de la megafonía.
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Como ya he dicho, el templo es precioso, pero el frío y la humedad (a pesar de estar en pleno verano) hicieron que todos los invitados optaran por salir de allí y esperar en los bares cercanos.
La espera se fue alargando y creo recordar que eran ya las 2 de la tarde pasadas cuando empezó a entrar precipitadamente toda la gente en la iglesia, mientras alguien se acercó a la sacristía para comunicarme que el novio ya había llegado. Pedí a esa persona que me dijera cuál había sido el “percance” en la carretera, para no meter la pata en la homilía, pero me contestó: “No. Si no ha pasado nada. De hecho, la familia del novio ha pasado aquí la noche, pero cuando el padre se estaba vistiendo para venir a la boda, se ha dado cuenta de que se habían dejado los pantalones del traje en el pueblo ¡y se han marchado a por ellos!
Más de hora y media de retraso, y más de 200 kilómetros, entre la ida y la vuelta… ¡¡por culpa de unos pantalones!!

1 comentario:

Té la mà Maria - Reus dijo...

no compartimos pero te leere

saludos desde Reus Catalunya