Mala fama (II)

Como puede suponerse, salí bastante “calentito” a oficiar la celebración, pero opté por tomármelo con humor, por respeto a los sacramentos que estábamos celebrando (el del Matrimonio y el de la Eucaristía).
La ceremonia transcurrió muy cordialmente y, sólo al final de la misma, hice referencia a la tardanza. La gente en esa parroquia tenía la costumbre de hacer un largo reportaje fotográfico dentro del templo tras la celebración, posando los novios con unos y con otros, y conociendo la costumbre, pedí a través de la megafonía que sólo se hicieran “las fotos indispensables” y que, dada la tardanza, desalojaran cuanto antes el templo para poder cerrarlo, recoger todo lo de la boda y preparar lo necesario para el funeral.
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Tras quitarme las ropas litúrgicas, salí de la sacristía y me encontré con que nadie había abandonado el templo. Al parecer “todas las fotografías eran indispensables”. Esperé un rato, pero cuando el reloj dio las 3 de la tarde, tuve que decirles, ya enfadado, que si no dejaban de sacar fotografías apagaría los focos de la iglesia, y me dirigí hacia los portones del templo para ir cerrándolos.
Como he dicho, aquél es el templo más grande de la diócesis, y con estructura de catedral: los portones quedaban ocultos por el coro de sillería, colocado en mitad de la nave central. Al acceder al trascoro me encontré allí a casi todos los invitados de la boda. Prácticamente nadie había salido del templo, y el motivo era una tormenta de verano. Lo cierto es que tampoco llovía en exceso, pero nadie estaba dispuesto a estropear su traje o su peinado.
Cuando les dije que era muy tarde y que debían salir para que yo pudiese cerrar el templo, empecé a comprobar los efectos de la hora y media que los invitados habían pasado en los bares esperando a que llegasen los novios: mientras unos, con cierta simpatía y camaradería artificial, me decían entre risas que “pasase del difunto” y me fuese al banquete con ellos, otros, en un tono chulesco, se me encaraban diciendo que de allí no se movían y que cerrase si quería, pero con ellos dentro.
Ya harto, me dirigí a la sacristía y apagué todas las luces del templo (por el camino pude observar que los novios seguían haciéndose fotos en el altar mayor). Cuando volví a salir, encontré a los recién casados hechos una furia, pidiéndome explicaciones de por qué no les había dejado hacerse una foto “con la abuela”. Me temo que a esas alturas, mis respuestas empezaban a ser “políticamente incorrectas”.
Acompañé a los novios hasta la salida, donde seguían esperando los invitados sin ninguna intención de abandonar el templo. Como yo insistía en que tenía que cerrar, un buen grupo de ellos (en apariencia, los que “mejor” habían aprovechado la hora y media de espera en los bares) empezó a discutir acaloradamente.
En un momento en que yo ya no veía solución a aquella situación, alguien gritó: “¡Eh, que ahora casi no llueve! ¡Vamos a aprovechar para ir hasta los coches!”. En un momento me quedé solo.
Impaciente, cerré los portones del templo, pero justo cuando estaba echando el último pestillo, alguien golpeó con los nudillos. En un principio pensé en no abrir y, desde dentro, les dije que ya era muy tarde y que no iban a llegar al banquete. Entonces se me ocurrió mirar el reloj: eran más de las 3 y media. Los que llamaban a la puerta no eran los invitados a la boda sino ¡los primeros asistentes al funeral!
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Al parecer, el comentario de los hechos, "algo distorsionados", se había extendido por los pueblos vecinos hasta llegar a mi nueva parroquia… a más de 40 kms. de distancia. Era evidente que la "mala fama" me precedía.
Como dice a veces mi madre: “¡Que el Señor nos conceda la paciencia que necesitamos!”.
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¡La paz contigo!

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