Los curas SÍ somos queridos

Ha sido este mismo domingo, hacia las 10 de la mañana.
Me acercaba a la iglesia para preparar la Misa de las Familias (asisten unos 50 niños, cada día más contentos y participativos) cuando he visto salir mucho humo y llamas por el balcón de un 1er. piso. Antes de llegar al portal, algunos vecinos ya sacaban a hombros al señor mayor que vive allí. (A su mujer la habían sacado previamente.) Es un hombre ya bastante anciano, con el cuerpo encorvado por la edad, que necesita dos bastones para andar, y su mujer, de salud muy delicada, apenas puede salir de casa.
Al decirnos los que le trasladaban que sólo tenía unas quemaduras leves en las manos y que ya estaban avisados los bomberos y las urgencias médicas, todos los que estábamos allí nos hemos aplicado a apagar las llamas, que salían por el balcón cada vez con más virulencia.
No ha sido fácil, pues todo cuanto se encontraba en aquel salón estaba ardiendo: muebles, techos, alfombras… y tanto el fuego como, sobre todo, la humareda, impedían acercarse. Por suerte, a través de mangas de riego enganchadas a las bajeras de la calle y a las casas vecinas, hemos conseguido que el fuego no se extendiera al resto de la casa (aunque ese humo negro lleno de cenizas, unido al agua, ha formado un engrudo que creo que ha dejado casi todo lo que había en las demás habitaciones “directamente para el contenedor”).
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Cuando hemos considerado que el fuego estaba sofocado (un par de minutos después han llegado los bomberos), he entrado en la casa vecina donde el matrimonio mayor se había refugiado. Me he acercado al hombre para preguntarle cómo estaba, y él, todavía conmocionado, con la cara y las manos negras, me ha preguntado: “¿Quién eres?”
Cuando yo le he respondido: “El cura”, él, con una amplia sonrisa, ha exclamado: “¡Hombre, **** (mi nombre de pila, sin “dones” ni tratamientos)!”, y ha extendido los brazos para darme un abrazo. Realmente impresionado porque conociera mi nombre, pues apenas llevo dos meses en la parroquia y con él sólo he tenido un par de breves conversaciones, he tenido que pedirle que no me tocase con las manos para que no se le reventasen las posibles ampollas que tuviera por las quemaduras.
Él, muy calmado, me ha contado lo sucedido:
Había ido al salón a “prepararlo” para que su mujer siguiese la misa de la televisión, pero al encender la estufa eléctrica se había producido algún cortocircuito y ésta había “explotado” empezando a arder. Toda su preocupación era que su mujer, que había oído el ruido, no entrase allí porque, además de las llamas, el humo impedía respirar. Por suerte, un vecino que pasaba entonces mismo, había visto la humareda y había subido corriendo a la casa.
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Estaba acabando de contarme esto cuando han llegado los servicios sanitarios de urgencias y todos hemos tenido que apartarnos para que pudieran atenderles, a él y a su mujer que estaba sentada a su lado. Pero antes de marcharme de la habitación, ese hombre que acababa de perder la casa, que acababa de recibir uno de los mayores sustos de su vida y que estaba siendo atendido de quemaduras, me ha dicho con una sonrisa: “¡Que sepas que rezamos mucho por ti!”
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No se cómo se sienten los demás sacerdotes en sus diferentes destinos, pero yo me siento querido por los miembros de la comunidad a la que sirvo y con los que camino hacia la santidad, la instauración de los valores del Reino y la Vida Eterna.
Creo que, en el fondo, en todos los destinos pastorales que he tenido (y han sido muchos) siempre me he sentido no sólo apreciado sino querido, y no sólo por quién era sino por lo que era, por ser el cura.
A veces la gente, nuestros hermanos, cuando hablan con los curas utilizan la ironía y saben dónde disparar los dardos, pero en el fondo la inmensa mayoría nos quiere y muchos de ellos, nos asombraríamos del número, nos tienen presentes en sus oraciones.
También todos ellos están en las nuestras.
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¡La paz contigo!

5 comentarios:

Cristian dijo...

Y claro que somos queridos los curas, no solo en nuestras parroquias... también en este mundo cibernético muchos nos respetan y cuidan con la oración y el cariño. Bendiciones tio cura.

un lector dijo...

Su relato me ha hecho soltar alguna lágrima. Qué bonito.

Boo dijo...

Y mucha gente que dice no apreciarles, espera tener uno al lado a la hora de la muerte ...¡por si acaso! Nos hacen mucho bien.

Eos dijo...

Claro que sois muy queridos. El problema es que en ciudades un poco grandes como la mía a veces, sois poco accesibles...

Anónimo dijo...

su historia me iso soltar una lagrima