Viaje a Polonia (II)

El encuentro en Czestochowa de los tres compañeros (Agustín, Javier y yo) fue toda una fiesta. Incluso un sacerdote polaco, al oírnos hablar a gritos en español, se acercó comentando que él había estado en España el año anterior y había asistido a la ordenación de dos sacerdotes españoles. ¡Resultó que era la de Agustín y Javier!
EL MUNDO ES UN PAÑUELO.
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Salir de Polonia fue algo más complejo. Repetimos la operación mandando por delante al otro autobús. En seguida, el responsable nos avisó de que la policía polaca entraba en el autobús, pedía que cada viajero tuviese en la mano su visado y su pasaporte y los revisaba uno por uno comparándolos. No se nos ocurrió otra cosa que echarle cara.
Le dije a Javier que viniese conmigo como responsable del autobús y pedí a todos que me entregasen a mí el pasaporte. Además, dije a la gente que llenasen el pasillo de todos los trastos que tuvieran (mochilas de mano, fundas de guitarra, sacos de dormir…) Cuando los policías entraron en el autobús, Javier y yo les recibimos de pie llevando el fajo de 49 pasaportes con sus 49 visados. En ningún momento les dimos todos los visados, sino que les acompañábamos y les enseñábamos los que correspondían a cada uno según íbamos recorriendo el autobús. Cuando llevábamos enseñados más o menos la mitad, hice como que tropezaba y todos los pasaportes y visados salieron volando por el pasillo del autobús.
Pensé que con ese caos de papeles nos dejarían pasar, pero los policías me hicieron recogerlos y ordenarlos de nuevo. Para aumentar el caos, muchos jóvenes se levantaron para ayudarme, y luego se sentaron en sitios diferentes a los suyos. Así que los policías tuvieron que comenzar a revisar el autobús de nuevo empezando por la primera fila.
A mitad de autobús, nuevamente dejé caer los pasaportes (lo cierto es que no era fácil moverse por aquel desbarajuste y rebuscar entre 49 pasaportes con sus visados para encontrar el que correspondía a cada persona). Esta vez, los policías a gritos y con gestos, nos pidieron que nadie se levantase para ayudar, y yo tuve que recoger todo con la consiguiente perdida de tiempo y nerviosismo por parte de los agentes de aduana.
Por fin, llegaron hasta el final del autobús comprobando que todo el mundo tenía los papeles en regla, sin darse cuenta de que, con tanto desbarajuste, habían pedido los papeles a todos menos a Javier, que no estaba sentado sino que todo el rato iba detrás de ellos hablándoles e intentando traducir a los jóvenes lo que los policías decían en un ingles bastante básico.
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Al final, la cosa había salido bien, aunque habíamos sido unos inconscientes, teniendo en cuenta el tenso momento político en Polonia y en todos los países de influencia comunista: no hacía ni dos años que había caído el muro de Berlín y, aunque Lech Walesa estaba en el poder, apenas llevaba seis meses de presidente, las tropas rusas seguían en Polonia y, de hecho, el golpe de estado de los tanques rusos en Moscú (el que hizo famoso a Boris Yeltsin) nos tocó estando todavía en el viaje de vuelta, en Berna (Suiza), donde nos dejaron bien claro que “no había problema porque el hotel disponía de un refugio antinuclear”. (Así son los suizos)
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¡La paz contigo!
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P.D.: ¡Qué vueltas da la vida!
16 años más tarde, los tres seguimos siendo unos inconscientes: Agustín trabaja en una parroquia de Washington D. C., muy cerca de la Casa Blanca (hace años que no te veo), Javier está destinado en Jerusalén (un abrazo), y yo… escribo un blog.

3 comentarios:

Ljudmila dijo...

La verdad que es inconsciente, pero esas cosas pasan y son la sal de la vida!!! y nunca se olvidan.

Eos dijo...

Esas cosas son las que le dan emoción a la vida ;-)

Cristian dijo...

increiblemente inconsciente mi tio cura... pero no por eso, menos simpático. Bendiciones y Feliz Navidad.