Cine y niños (I)

Siempre me ha gustado el cine. Recuerdo las tardes de domingo de mi infancia en las que mi hermano y yo invertíamos nuestro tiempo ¡y nuestra “paga del domingo”! en aquellas sesiones infantiles dobles en las que entrabas a las 3 de la tarde y salías casi a las 7 (contando el descanso entre película y película para el cambio de rollo).
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La sesión era sin numerar y eran más caras las entradas de patio que las del primer piso, así que, como no andábamos sobrados de dinero, nos poníamos de acuerdo toda la cuadrilla de amigos y sólo dos compraban entradas “de abajo”. Tras acceder ambos al patio de butacas, y una vez cogido sitio para todos, uno se quedaba sentado y el otro, con las entradas cortadas de los dos, salía al baño o al bar donde se vendían los dulces. Allí esperaban el resto, que habían comprado entradas “de arriba”. A uno de ellos se le pasaba disimuladamente la entrada del que esperaba guardando los sitios, y así también él podía acceder al patio de butacas. Después era el que se había quedado reservando los asientos el que, provisto de las dos entradas, repetía la operación.
De este modo, de uno en uno, todos los amigos acabábamos viendo las películas “desde el mejor sitio del cine”. (Tras muchos cálculos, y después de probar diferentes lugares, habíamos llegado a la conclusión de que el centro de la fila 7 era, sin duda, el lugar ideal.)
Toda aquella operación táctica tenía una doble recompensa: poder disfrutar de la película desde el mejor lugar (de no haber unido nuestras pagas para hacer todo aquello, a ninguno nos hubiera llegado para sentarnos allí) y que además nos sobrase para comprarnos un pepinillo relleno o un par de tiras de regaliz rojo.
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¡Debo reconocer que este tipo de trastadas casi siempre se me ocurrían a mí!

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